Abro la caja y deslizo las cuchillas, que emiten un susurro melodioso.
Mi cuerpo entero era mi propio lienzo, cortes cálidos que relamen mis costillas,
peldaños de una escalera que escalan por mis brazos, tallos de plantas asclepias que se enredan por mis
muslos y me pinchan la piel. (...) Una hija que se olvidaba de comer era algo malo, pero se trataba tan sólo de
una fase que ya había superado.
Pero una hija que se abría la piel, que quería arrancársela a tiras para poder bailar, era algo simplemente enfermizo.