2011-11-10

"Estaba hecha una lástima. Su frágil cuerpo destrozado me produjo algo cercano a la compasión. La tomé con delicadeza entre mis brazos haciendo un esfuerzo por mantener intacta su humanidad. 
Se le escapó un gemido de los labios, se agitó como las plumas de un ave contra la brisa, y poco más. Después, quedó inmóvil nuevamente. Era curioso cómo a pesar de las heridas, de las costras de sangre, de los moretones, de las yagas en la piel, aún se veía hermosa.
La llevé a casa, apenas un cuarto en lo más recóndito de los barrios más pobres de la ciudad. Ahí la cuidé durante meses, limpiando sus heridas, cosiéndolas como se remienda a una muñeca de trapo. La bañaba con trapos mugrosos y agua estancada. Vertía alcohol en sus heridas para evitar que se infectaran. Me hacía de cualquier prenda que cayera en mis manos para conservar su crisálida de piel arropada. 
Tomó mucho tiempo y esfuerzo, pero poco a poco se recuperó. Yo sabía que era una muñeca rota más allá de cualquier posible arreglo, pero me encandilaba su dulzura y ese fuego que adivinaba asomándose entre sus hombros cuando la miraba sentada sobre la cama, apenas iluminada por un rayo de luz y mirando afuera, la mirada perdida en el horizonte. 
Al principio no supe porqué me había tomado la molestia de ayudarla y solía ocupar la mayor parte de mis noches de insomnio pensando en ello. Al final, me di cuenta de que no importaba. El daño estaba hecho de igual manera. 
Una noche como cualquier otra entré a su habitación con una hogaza de pan duro, una rebanada de queso y una jarra de vino. Deposité la comida en un desvencijado mueble al lado de su cama y me di la vuelta para salir. 
-Espera pidió, con voz contenida. 
Me giré a medias para mirarla. En sus ojos había un brillo febril, la llama abrasadora que se había alimentado con odio, miedo e impotencia a lo largo de esas noches sin fin. Su cuerpo se agitaba. 
-Quiero aprender de ti pidió. Se levantó de la cama por primera vez en meses y sus piernas temblaron como si fuera un cervatillo recién nacido. Por un momento estuvo a punto de caer, pero yo no hice el menor gesto de ayudarla. Al final, logró sostenerse en pie y me miró nuevamente a los ojos Por favor. Enséñame a matar.
-¿Para qué? pregunté de vuelta, la voz impasible. 
-Porque no quiero sentir ésta impotencia nunca más En sus ojos refulgió nuevamente el carmesí de las llamas del infierno. 
La miré un momento de arriba abajo. Seguía siendo frágil y hermosa, incluso más ahora que tenía todas esas cicatrices adornándole la piel. 
-No cambiará lo que te pasó. No traerá de vuelta tu vida. No hará que tus heridas desaparezcan. Aún así, ¿vale la pena el esfuerzo?
-Si No dudó un segundo. 
Mi vida no era algo que yo hubiera elegido para un ser frágil como ella, pero la decisión no me correspondía. Si quería venganza, la ayudaría a conseguirla. Estaba en su justo derecho. 
-Ésta noche tengo que salir. Pero volveré Cuando me giré para salir por la puerta, susurré   Sabes que siempre regreso."